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Por
Michelangelo
Bovero, Diario Excélsior
Agosto
31 de 2006
En
estos inicios del siglo XXI parece como si un
extraño virus hubiera agredido al mundo
de las democracias reales: se va difundiendo
el fenómeno de las elecciones controvertidas,
cuestionadas y, en algunos casos, hasta impugnadas.
El foco original de la infección se manifestó
en 2000, con las elecciones presidenciales de
Estados Unidos. ¿Quién no recuerda
el desastre del escrutinio en Florida, la polémica
y las dudas que perduraron incluso después
del pronunciamiento de la Suprema Corte de aquel
país? Según muchos observadores,
Al Gore había obtenido probablemente más
votos, pero la victoria fue asignada a Bush Jr.
También en torno del resultado de las
siguientes elecciones estadunidenses, las de
2004, en las que Bush aventajó a Kerry,
surgieron fuertes dudas, aunque tardíamente,
en particular sobre la votación del estado
de Ohio. En 2005, lo que llamó nuestra
atención fue el cerrado resultado, sin
un claro vencedor, de las elecciones en Alemania,
con la consiguiente controversia entre Gerhard
Schröder y Angela Merkel, quienes reivindicaron
simultáneamente el derecho a ocupar el
cargo de Canciller. En 2006 estallaron los casos
de Italia, primero, y de México unos meses
después. Se podrían considerar
también otros; pero los que he mencionado
me parecen, por su variedad, los más relevantes
para reflexionar en torno a un fenómeno
que amenaza con desgastar a la institución
básica de la política moderna y
que debe interpretarse colocándolo, antes
que nada, en el contexto de la evolución
más reciente de los regímenes democráticos.
I. En dos de los cuatro países
agredidos por el virus, Estados Unidos y México,
está vigente el régimen presidencial;
en los otros dos, Alemania e Italia, el parlamentario.
Pero la diferencia entre el presidencialismo
y el parlamentarismo se está, eso es un
hecho, erosionando. Desde hace tiempo hemos presenciado
la homologación tendencial de las formas
de gobierno (en sentido técnico: las subespecies
institucionales de la democracia) hacia un único
modelo "verticalizado". Algunos estudiosos
hablan de "presidencialización"
de los regímenes parlamentarios: los poderes
ejecutivos se fortalecen de diversas formas,
por derecho o de facto, y apuntan a neutralizar
su natural dependencia de los parlamentos o incluso
a relegarlos a un papel subordinado. Se trata,
pues, de una deformación patológica
y progresiva a la que yo denomino "macrocefalia
institucional": en todas partes, una cabeza
ejecutiva hipertrófica termina por aplastar
a cuerpos representativos (parlamentos y asambleas
locales) debilitados y con menor poder.
La difusión de esta
patología favorece, y es favorecida a
su vez, por el aumento y la exacerbación
de otro fenómeno negativo muy notable,
en gran medida ligado al advenimiento de la era
de las imágenes: la personalización
de la vida política. En el momento clave
de las elecciones, la atención general
termina por convergir en pocos personajes, llamados
líderes, que compiten en pos de conquistar
lo que se percibe como el sitio decisivo del
poder, el vértice del Ejecutivo. En estas
condiciones, la confrontación dialéctica
entre partidos y programas pierde importancia
y las elecciones se transforman en una lucha
personal por la investidura popular, a veces
más bien en una especie de plebiscito
en pro o en contra de éste o de aquel
líder, candidato al papel de "guía
supremo" del país (dicho sea de paso:
¿nadie se pregunta acaso qué tiene
que ver todo esto con la democracia?).
Este lazo entre la personalización
y la verticalización del poder induce
a una consecuencia ulterior que también
es negativa en mi opinión: la creciente
simplificación del "sistema político"
(como lo llaman los especialistas: el conjunto
de partidos y movimientos, es decir, de los actores
colectivos de la política), que tiende
a asumir una forma dicotómica. En algunos
casos –como en Italia, pero no sólo
allí– esta tendencia se acompaña,
paradójicamente, de la proliferación
de partidos y de listas electorales. Sin embargo,
la paradoja es aparente: de cualquier manera,
la dinámica general del sistema impulsa
al reagrupamiento en dos bloques contrapuestos
que se disputan el poder gubernamental. La evolución
de los sistemas políticos hacia el bipolarismo
y, en perspectiva, hacia el bipartidismo, genera,
sobre todo cuando se aproxima el día de
la votación, la figura del liderazgo dual.
Las campañas electorales se reducen esencialmente
a una especie de duelo entre el líder
de cada uno los dos partidos y/o coaliciones
principales, independientemente del tipo de régimen
que esté vigente y de la articulación
efectiva del sistema político. La confrontación
entre Merkel y Schröder en Alemania, donde
la forma de gobierno es parlamentaria y las fuerzas
políticas importantes cinco o seis, o
el enfrentamiento entre Berlusconi y Prodi en
Italia, donde el régimen también
es parlamentario pero los partidos son mucho
más abundantes, ha asumido un significado
político que no es distinto, en la sustancia,
al de la contienda entre Bush y Gore (o Kerry)
en Estados Unidos, país donde rige el
presidencialismo y un bipartidismo perfecto,
o de la competencia entre Calderón y López
Obrador en México, donde el sistema es
presidencial, pero los partidos importantes son
tres. Es interesante el caso de México:
resulta que la serie de sondeos preelectorales
sobre las intenciones de voto para los tres candidatos
a la Presidencia fue percibida por muchos como
una especie de juego de eliminación, del
que surgiría la pareja de los "verdaderos"
contendientes. De aquí la fascinación
(a mi parecer, perversa) que ejerce sobre muchos
mexicanos el sistema francés de la doble
vuelta.
La simplificación del
sistema político hacia la forma dicotómica
tiene amplio reconocimiento: es concebida por
casi todos los sujetos políticos importantes,
y también en buena parte por los expertos,
como el objetivo que toda democracia "madura"
debería alcanzar. En mi opinión,
por el contrario, constituye un empobrecimiento
de la vida democrática. La reducción
tendencial del pluralismo al dualismo hace crecer
por sí misma la distancia entre el sistema
político y la sociedad civil. El abstencionismo,
y de manera más general la apatía
política y el alejamiento de la democracia,
tienen causas múltiples y complejas, pero
entre éstas figura también la reducción
excesiva de la gama de oportunidades para elegir.
Quienes no se reconocen en ninguna de las opciones
disponibles, no siempre optan por elegir el mal
menor: pueden decidir no escoger a nadie (en
ocasiones, esto sucede aun si hay más
de dos alternativas que, sin embargo, resultan
todas impresentables). En todo caso, el hecho
es que la cuota de quienes se abstienen de votar
se ha convertido en un factor cada vez más
determinante, y como tal es percibido por los
actores políticos: casi como si el resultado
de una elección no fuese en manos de quienes
sí votan, sino paradójicamente
de quienes no votan. Por eso, las campañas
electorales se orientan cada vez más,
de manera predominante, a conquistar el voto
de los (así llamados) "electores
indecisos o indiferentes". Ir en pos de
este objetivo exaspera la lógica del duelo
e induce fácilmente a los protagonistas,
o a algunos de ellos, a la satanización
del adversario. "Si no logro convencer al
elector indeciso a votar por mí, al menos,
como mal menor, trataré de inducirlo a
votar contra el otro, presentando a éste
como el mal mayor". A veces, como el mal
absoluto: con medios y argumentos que van mucho
más allá de lo correcto e incluso
de lo decente. Es evidente que quienes se dejan
convencer de esta manera son los ciudadanos menos
educados, menos provistos de cultura democrática.
Y es así como la calidad de la vida política
de las democracias reales corre el riesgo de
volverse cada vez más decadente. En ambos
lados: el de los electores y el de los elegidos.
Puede suceder que las coaliciones
que se contraponen queden a final de cuentas
divididas por un insignificante puñado
de votos. Lo que constituye una circunstancia
objetiva que favorece la impugnación del
resultado electoral. Pero en realidad, el fenómeno,
en sus formas más virulentas, se manifiesta
no tanto porque el surco que divide a los contendientes
sea muy delgado, sino más bien porque
es muy profundo. Un conflicto áspero y
perdurable en torno al resultado de las elecciones
no es sino un grado ulterior de la exacerbación
del conflicto político, interpretado como
un duelo por la conquista de un poder verticalizado
y personalizado.
Es verdad que la radicalización
del enfrentamiento político tiene también
otras causas sustanciales, cuyos orígenes
radican, directa o indirectamente, en las complejas
y contradictorias dinámicas producidas
por la globalización. Me refiero –sin
tener aquí el espacio para profundizar
en este análisis– a la inclinación
generalizada del eje político mundial
hacia la derecha: la afirmación de los
neoliberalismos; la resurrección de los
nacionalismos bajo formas étnico-culturalistas;
al nacimiento de partidos y movimientos racistas
y xenofóbicos, más o menos (aunque
no siempre) minoritarios, entre otros. Pero,
sobre todo, a la difusión de ciertas formas
neopopulistas y neodemagógicas de estrategia
política (también electoral), que
algunos estudiosos han rebautizado como "antipolítica"
porque consisten en la hostilidad hacia el orden
consolidado con las arquitecturas institucionales,
también, en el rechazo de la confrontación
equilibrada entre las diversas posiciones del
debate que no esté orientado al choque,
de las mediaciones en general; en la intolerancia
al equilibrio de los poderes y hacia cualquier
tipo de vínculos o controles; en definitiva,
en la contraposición de la "voluntad
del pueblo" frente a la de los órganos
del poder constituido, invitando siempre a desconfiar
de ellos (hasta que sean ocupados por otros).
En Europa muchos movimientos y partidos de la
derecha, ligados bajo diversas formas al "chovinismo
del bienestar" (Habermas), han obtenido
un notable éxito político con métodos
"antipolíticos". Es cierto que
muchos partidos de izquierda han emprendido una
especie de seguimiento de las derechas en el
terreno político-programático;
pero, a pesar de ello, la fractura se ha profundizado
y el conflicto se ha radicalizado, justamente
cuando las derechas se hacían más
populistas y antipolíticas.
En América Latina, en
cambio, han sido más bien algunos partidos
y movimientos (presunta y supuestamente) de izquierda,
que se dirigen de diferentes maneras a las víctimas
de la globalización, los que han asumido
ropajes antipolíticos, sobre todo mediante
el protagonismo de ciertos personajes carismáticos
(en sentido neutro, weberiano). Es fácil
ver cómo la antipolítica encuentra
un terreno fértil en los fenómenos
degenerativos que llevan a interpretar las elecciones
como un método de designación de
un vencedor supremo, o sea, del "líder
del país" y, por consiguiente, a
concebir la democracia como una especie de autocracia
electiva. A veces, en las formas grotescas del
que yo denomino "caudillismo posmoderno".
II. Cuando el resultado electoral
es cuestionado, plantea –para los contendientes,
los estudiosos, los observadores y los ciudadanos–
dos tipos de problemas. En primer lugar: ¿cómo
se puede y cómo se debe establecer con
certeza quién ha sido el verdadero vencedor
de las elecciones? En segundo lugar: acaso el
vencedor, quien quiera que éste sea ¿triunfó
realmente? Y dado que sólo representa
a la mitad del país, ¿cómo
puede pretender imponer su política a
la otra mitad? Digamos de una vez por todas que
esta última pregunta, en el plano formal,
de la legitimidad jurídica y política,
carece de sentido. Aquel candidato y/o coalición
política que haya prevalecido, aunque
sólo sea por un voto, tiene el derecho-deber
de gobernar, esto es, de ejercer el poder de
iniciativa y orientación política
y además de asumir las competencias que
las diversas constituciones atribuyen a los titulares
de la máxima función ejecutiva.
Lo que no equivale sin más a imponer la
propia política. No obstante, la pregunta
conserva sentido en el plano sustancial, cuando
perduran las condiciones de un conflicto radical:
por ejemplo, si uno de los dos contendientes
rechaza de cualquier modo y obstinadamente el
reconocimiento de la victoria del otro.
III. Así se hace más
urgente y apremiante responder a la primera pregunta:
¿cómo se determina quién
fue el vencedor? Errores de cálculo, imprecisiones
en la transmisión de los datos, pero también
controversias en torno a la asignación
de numerosos votos, en particular a las boletas
nulas, se verifican en cualquier procedimiento
electoral. Es verdad que éstos y otros
factores pueden ganar importancia cuando el margen
es estrecho. No obstante, la experiencia enseña
que afectan en una medida casi igual a todas
las partes. Es, más bien, la radicalización
del conflicto la que lleva a evocar (con razón
o sin ella) el fantasma de la conspiración,
de los fraudes. Pero, sobre éstos, como
sobre los otros elementos cuestionables, ciertamente
no es la presunta víctima la que tiene
el poder de juzgar. Nemo iudex in causa sua.
Cualquier ordenamiento constitucional democrático
prevé normas para la solución de
las controversias electorales y atribuye a un
órgano institucional, con rango de magistratura,
el poder de decidir sobre el mérito del
asunto apoyándose en dichas normas. La
legislación en la materia puede ser más
o menos completa o con lagunas, más o
menos adecuada o mediocre. Pero a un juez –quienquiera
que sea– no se le puede y no se le debe
pedir otra cosa sino aplicarla. Ciertamente,
no se le debe pedir que la viole. Mucho menos
que invente normas inexistentes, pues será
eventualmente tarea de la nueva legislatura mejorar
las leyes en vigor. Y menos admisible todavía,
además de insensato, es pedirle al juez
que decida a condición de que lo haga
de un modo determinado, porque eso sería
como decirle "me someto a tu juicio si me
das la razón". Lo que equivale indudablemente,
sin más, a desautorizar a dicho juez.
En el modo de enfrentar y resolver
la controversia y de asumir las consecuencias
normativas radican las mayores diferencias existentes
entre los casos que he considerado aquí.
La solución más indolora se adoptó
en Alemania en 2005, incluso porque allí
nadie había promovido una verdadera impugnación
de los números del conteo: entonces, el
cargo de Canciller fue asignado al líder
del partido de mayoría relativa, aun cuando
tal mayoría era reducidísima y
así se formó un gobierno de "gran
coalición". Solución que fue
posible gracias a la mayor flexibilidad del régimen
parlamentario, que a pesar de las distorsiones
inducidas por la tendencia hacia la "presidencialización
material", conserva todavía, en algunos
casos concretos, como el alemán, diferencias
importantes y ventajosas con respecto al presidencialismo
formal y completo. Ciertamente es una solución
excepcional pero, quiero agregar, perfectamente
democrática: sólo quien es presa
de una concepción distorsionada de la
democracia como imposición de la voluntad
de la mayoría (o, peor, de un líder)
no logra ver las virtudes democráticas
del compromiso. Sin embargo, una solución
similar de "gran coalición",
fue rechazada –por Prodi, correctamente
en mi opinión– en Italia, donde
sí está en vigor un régimen
parlamentario, aunque mucho más deteriorado
que el alemán, pero la brecha entre las
coaliciones políticas es profunda y, el
conflicto, irreconciliable.
En cambio, en las elecciones
estadunidenses de 2000, la controversia estalló
precisamente por el resultado numérico
de la votación. Es probable que el candidato
declarado perdedor, Al Gore, haya conservado
la firme convicción de haber obtenido
mayores apoyos que su adversario. Pero, frente
al pronunciamiento de las autoridades competentes,
se retiró de la contienda, en buena lid.
Ciertamente ni siquiera acarició la idea
de organizar una protesta popular. La democracia
de Estados Unidos es muy imperfecta; más
aún, en mi opinión, es insuficientemente
democrática. Pero las instituciones son
sólidas. Y fuera de las instituciones
constitucionales, o peor aún, en contra
de ellas, sólo puede existir una caricatura
de democracia.
En Italia, hace pocos meses,
en presencia de una ventaja reducidísima
de votos a favor de la coalición de centro-izquierda,
el líder de la coalición de centro-derecha,
el premier saliente, Berlusconi, héroe
emblemático del neopopulismo mediático,
príncipe de la antipolítica posmoderna,
denunció la conjura y habló de
fraudes (entre paréntesis: en Italia las
elecciones son organizadas y controladas por
el ministro del Interior, que en esa circunstancia
era un hombre de confianza del premier y que,
al final del escrutinio, afirmó que todo
se había desarrollado correctamente).
Declaró haber sufrido "el robo de
una victoria limpia", levantando la sospecha
de decenas o centenas de miles de votos arrebatados
fraudulentamente por la izquierda, y de innumerables
boletas a su favor injustamente anuladas. Afirmó
que iba a "exigir" el recuento total
de los votos. Lo que, sencillamente, no está
permitido por la ley. Amenazó con llenar
las plazas (alternando las acusaciones y las
amenazas con propuestas de "gran coalición"
al estilo alemán, mas la coherencia no
es una virtud de los demagogos). Pero luego,
después de la sentencia de la magistratura
competente que confirmaba la victoria del centro-izquierda,
mientras continuaba ocasionalmente con sus amenazas,
se fue adaptando más o menos al papel
de jefe de la oposición, persiguiendo
un objetivo bien preciso: aprovechar cada ocasión
para hacer caer al gobierno de Prodi, objetivamente
débil en el ámbito parlamentario.
¿Y México? Hasta
donde logro recabar informaciones periodísticas,
me parece que se puede decir (y corríjanme
si me equivoco) que López Obrador ha realizado,
al menos en parte y a su modo, lo que Berlusconi
sólo había amenazado. Ha convocado
a sus seguidores a llevar a cabo una protesta
masiva, que ha adquirido también el significado
de una presión pública sobre el
Tribunal Electoral. Me pregunto si ésta
no es una típica estrategia antipolítica:
el pueblo frente al poder, la plaza frente al
palacio. No se me malentienda: la protesta colectiva
corresponde perfectamente a la dialéctica
de la vida democrática, sólo que
bajo ciertas condiciones. Y no siempre, aun cuando
sea formalmente legítima, una protesta
tiene motivaciones y fines aceptables desde un
punto de vista democrático. A veces puede
representar un peligro para la salud de la democracia.
No me permito disertar de lejos
sobre una cuestión tan delicada. Pero
algo debe decirse acerca de la forma en que López
Obrador (hasta donde estoy enterado) ha manejado
hasta ahora su relación con la masa, presentándola
como un ejercicio de "democracia directa".
La decisión de una multitud que responde
a las preguntas del líder con un sí
o con un no, o que aprueba levantando la mano,
no es una decisión democrática.
Es más bien equiparable a la aclamación,
que constituye (según decía Bobbio)
precisamente la antítesis de la democracia,
porque los eventuales disidentes no cuentan para
nada ni tienen una verdadera manera para expresarse
y además sufren la presión, por
lo menos psicológica, de quien está
junto a ellos. Se puede definir democrática
la decisión de una asamblea sólo
si cada uno de sus miembros tiene la misma posibilidad
de discutir las propuestas de los demás
y de presentar y argumentar propuestas alternativas.
Esto sucedía en la democracia directa
ateniense y es también lo que ocurre,
toda diferencia guardada, en un parlamento bien
ordenado. No tengo la intención de ofender
a nadie, quisiera solamente despertar de manera
modesta y serena una interrogante en el ánimo
de quienes estuviesen demasiado seguros de encontrar
la democracia en la multitud, pasando por encima
de las instituciones. Pero a quien conoce la
historia del siglo XX italiano la imagen de una
multitud que responde "¡Sííí!"
a la pregunta del líder: "¿Estamos
de acuerdo en eso?", evoca terribles recuerdos.
En el caso mexicano, en suma,
tal parece que el rechazo radical al resultado
de las elecciones se relaciona con una forma
particularmente acentuada de liderismo: expresiones
exacerbadas, ambas –el rechazo al resultado
y el liderismo–, por un lado, de la interpretación
conflictual de la política como duelo
y, por el otro, de la concepción verticalizada
y personalizada del poder. Son una exaltación
extrema de las mismas patologías degenerativas
a las que tiende, por su naturaleza, el régimen
presidencial.
Desde hace tiempo vengo afirmando
que en América Latina es necesario mover
el eje del poder desde el gobierno presidencial
hacia el parlamento. ¿Qué piensa
el parlamento recién electo en México?
¿En particular aquellos legisladores que
fueron elegidos en la misma coalición
política de López Obrador? Me gustaría
saberlo.
Los
textos vertidos en este espacio se reproducen de manera íntegra,
son únicamente de referencia y no necesariamente reflejan la
opinión de los editores, ni de la institución a la que
pertenece esta publicación. |